METER LA NARIZ EN UN LIBRO - Esther Aparicio Hernández
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Primavera en Malasaña

Pasear por Madrid es, de alguna forma, pasear por el mundo. Es asomarse a muchos universos, o tal vez me lo parece a mí que soy, como todos los escritores, muy fantasiosa. Yo, que tanto disfruto de mi vida casi ermitaña, tengo que empujarme a salir de mis rutinas y llenar el pozo de la creatividad para que los duendes se alimenten. De modo que una vez por semana, como poco, sola o acompañada, me doy una vueltecita por algún lugar lleno de cachivaches, de vida, y de energías diferentes a las de mi barrio. Los que vivimos intensamente la magia de la escritura necesitamos airear el cerebro y cargarlo de nuevas imágenes. Y para eso, como Madrid, no existe ningún lugar. Desde luego, está claro que sólo nos falta el mar. Tenemos abundancia de pobreza, de riqueza, de estupidez, de cultura y de tarados. Aquí hay de todo. Sin ir más lejos, a lo largo del día de ayer, pasé de hacerle un corte de mangas a una procesión que atascaba la calle Hortaleza (por dios, ¿es que no terminan nunca?), al asombro de ver espacios de Malasaña – en los que pasé muchas noches en los ochenta-, reconvertidos en rincones que invitan a la lectura. ¡Viva mi Madrid!, no se achanta ante nada. Mi Madrid plagada de historias que alguien podría contar.

  • Y yo mientras tanto, aburriéndome en casa – dice Bardita estirando patas y cuello con un garbo digno de una yogui.
  • Tú no sabes lo bien que vives aquí – le digo -. En Madrid, los perritos andan por asfaltos recalentados y calles estrechas, expuestos al pisotón de algún vecino mal encarado.
  • ¡Vaya tontería! Seguro que hay parques.
  • El Retiro y poco más. En el centro de la capital el verde está reservado a algunos privilegiados. Así que no te quejes, que a ti te podría bajar ahora mismo en una cesta, como al perrito de “La ventana indiscreta” de Hitchcock y ya estarías corriendo por el parque.
  • En una cesta te bajas tú, maja, que yo en el ascensor voy de lujo.
  • Anda, que eres una perra más pija…
  • Pues lo seré.

Bardita se tumba panza arriba y me mira con una indiferencia que me deja atónita. Empiezo a creer que de verdad medita y hace yoga a escondidas.

Volviendo a Madrid y sus encantos tengo que decir que también se ha vuelto un poco de plástico. Tanta venta para turistas y tanta juventud entregada al consumo, a mí me dejan un poco exhausta. Yo, ni en mi peor pesadilla, habría gastado a los veinte años una tarde de sábado en ir de compras con las amigas. Ayer estaban todos y todas por la zona mirando modelitos, como si no tuvieran un plan mejor. ¡Menuda revolución van a hacer estos jovenzuelos!  Menos mal que seguro que hay otro tipo de juventud más concienciada.

Barda me está mirando desde el suelo con un gesto que no sé describir. Algo parecido a esa mirada compasiva que Sandra Sabatés le regala al Gran Wyoming, en respuesta a sus gansadas, en El Intermedio. Me agacho y le digo en voz baja:

  • Vamos, digo yo, que habrá otro tipo de juventud, ¿no?
  • Pues no está tan claro. Aquí entre los que tiran petardos y los del botellón, no sé yo si hay mucho espíritu revolucionario… Además, ¡qué manía te ha dado con hacer revoluciones! Con lo bien que se está sin alborotar y aceptando que lo que es, es.
  • Me preocupas, peluche.

Mi perra se levanta y suelta un gruñidito ridículo mientras se contonea y, con su calma acostumbrada, hace mutis hacia la terraza. Me voy a plantear seriamente llevarla a un psicólogo canino, no vaya a haberle afectado a los nervios este invierno tan largo.

En realidad, a lo que venía por aquí es a desearos mucha felicidad. Y si no la encontráis en las calles, o si las noticias os entristecen o si, como a mí, se os atraganta la desvergüenza de nuestros políticos que no dimiten ni dándoles con un mocho de fregona en la cara, os recomiendo meter la nariz en un libro. Un libro es la mejor receta para evadirse y asomarse a vidas ajenas. No hay invento más eficaz para averiguar quiénes somos.  Nada como un libro para tomar el aire puro de los sueños. Esos que nos hacen seguir creyendo que los humanos valemos la pena y que en algún lugar o en algún tiempo paralelo existe el reino (por supuesto, republicano) de utopía.

Feliz Día del Libro.

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