YO NO VERÉ EL HOBBIT Y FELIZ... LO QUE SEA - Esther Aparicio Hernández
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Conversación con Smaug

Conversación con Smaug

Lo malo de tener un blog que logra una cierta continuidad en el tiempo es que uno corre el riesgo de repetirse como el chorizo. Y como de chorizos ya estamos más que sobrados… Bardita, que está sentada junto a mí, alza ligeramente el belfo en un intento de sonrisa. Le lanzo una mirada de pocos amigos y su hocico queda como congelado por una varita mágica. – Es que siempre dices que no vas a hablar de política y nada más empezar te tuerces hacia lo mismo- exclama ofendida. – Tienes razón, peluda – respondo- pero es que está el patio como para no cabrearse.

Y lo peor, lo más triste y lo más indignante es la pasividad con la que este pueblo parece aceptar que le roben en su cara. Que le quiten el derecho a la sanidad, la educación y hasta a cantar en la calle. ¡Manda narices! Que los músicos callejeros tengan que pasar un examen, es que ya no tiene nombre. A mí me entristece en especial la pasividad de la gente joven. ¡Coño, parece que no tienen sangre en las venas!. Les han robado el presente y el futuro y ahí siguen, calladitos, bueno, digo yo que siguen, porque es que ni se les ve. En mi barrio muchos andan por las esquinas echándose sus risas como si no fuera con ellos la cosa. ¡Por dios! si es como para hacer una revolución. A mi derecha oigo un resoplido. Bardita se tumba y apoya la cabeza en el suelo resignada. – Vale – le digo- ya cambio de tema-. Los sociólogos nos explicarán algún día qué ha llevado a este pueblo alegre y peleón a dejarse birlar el estado de bienestar y permitir que sus hijos se conviertan en esclavos para los restos.

Nada más empezar esta entrada hablaba del peligro de repetir las mismas ideas una y otra vez. No me gustan las fiestas navideñas, queda dicho y no digo más.  Estos días ando mirando al cielo a ver si tienen a bien los extraterrestres en abducirme hasta el cinco de enero. Eso sí, para Los Reyes quiero estar de vuelta, que no me los pierdo, ¿qué le voy a hacer?, mi lado infantil sigue dando guerra. – Ya – dice mi perra animándose de nuevo – entonces no entiendo por qué no vas al cine a ver a esos hobbits y enanos que te gustan tanto-. -Pues está bien claro, Bardita: prefiero leer sus aventuras.

Como dice mi aguda westy, no veré la película El Hobbit, como tampoco he visto El Señor de los Anillos. La literatura fantástica nos da una oportunidad única, la de imaginar mundos y personajes que nuestra mente diseña de forma personal. El cine te lo da todo servido y mata tus opciones. Esa es mi humilde opinión. De hecho, he vuelto a leer no hace mucho los cuatro libros y lo he pasado estupendo. No quiero ni imaginarme qué Galadriel o Aragorn habría visualizado de haber visto las películas. Por muy buenorro que esté Viggo Mortensen, que lo está. Mi Aragorn es mi Aragorn, el que conjuró Tolkien para que yo soñara su sueño. Así que no, Peter Jackson, no te empeñes, “La orilla de las quimeras” no será llevada al cine. -¿Ni por mucha pasta?– pregunta Bardita. -Ni por mucha pasta- respondo. -¿Ni en dibujos animados?-. -Bueno eso me lo pensaría, la Animación es otra cosa-. La Animación me parece que no castra el propio sueño, sino que lo estimula.

Hablando de estímulos, habrá que buscar algunos para el año que va a empezar. Para mí es lo bueno de estas fiestas, que enterramos el viejo año. El nuevo trae esperanza. El sólo pensamiento de que las cosas podrían cambiar, ya las cambia, al menos ligeramente. Llenamos la copa de nuestra energía de buenos deseos, rabiosos deseos, necesidades urgentes y sueños por satisfacer. La llamada de la esperanza es un grito poderoso y quién sabe, tal vez el año que empieza todo podría ser mejor. De momento haremos la lista de nuestros buenos propósitos, aunque sólo sea para poder saltárnosla. A mí me encanta decir que beberé menos birra, que escribiré de un tirón o que no conseguirán cabrearme estos políticos que nos han tocado en mala suerte… Bardita levanta la cabeza y arruga el hociquillo. – Te pillé, ya estamos con los políticos – dice. Me levanto fingiendo un enfado que no siento y empiezo a perseguirla por la casa mientras ella mueve el rabo contenta. Me pregunto si la felicidad será esto, una perrita que corre juguetona, un estudio cargado de libros y un portátil que espera con las fauces abiertas los mil y un cuentos que espero aun poder escribir. 

Os deseo que también encontréis vuestro rincón de felicidad. Así que Feliz… lo que sea. Os deseo de corazón, lo mejor de lo mejor de lo mejor…

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